Para Alejandro Carrón, quien puso la
llave en mi mano.
REENCUENTRO CON MI FAMILIA MICHELOUD y BOVIER.
Como tantos descendientes de inmigrantes, y con la secreta esperanza de reencontrar los orígenes de mi historia, me recuerdo, desde niña, intentando siempre desandar el tiempo, buceando en viejos baúles celosamente atesorados por mi familia.
Esta ansiedad fue creciendo con los años hasta llenar todos los espacios de mi vida y convertirse en necesidad imperiosa.
Mis parientes más ancianos murieron llevándose en sus memorias, valiosas remembranzas narradas por sus mayores que, de haberlas conocido a tiempo, el camino en esta escarpada búsqueda no hubiera resultado quizás, tan difícil. Recién hoy, a la distancia, creo entender ese misterioso silencio o el por qué de sus evasivas respuestas ante mis preguntas referidas a la historia de los que vinieron.
Para la sociedad argentina de ese tiempo, llena de prejuicios y convencionalismos infundados, las “hazañas de los gringos” escapando del hambre y viajando en tercera clase en las bodegas de los barcos, dista mucho del significado que dichas “proezas” hoy tienen para nosotros. Ellos, los que llegaron, así como su descendencia más inmediata, acusando el golpe que le infligía dicha sociedad, optaron por un recogido y doloroso silencio.
¡Cómo quisiera que escuchen a las nuevas generaciones de sus descendientes, libres ya de los prejuicios de sus mayores, rescatar del olvido sus nombres y hablar con orgullo de la valentía de sus abuelos para emprender ese viaje sin retorno, de su corazón desgarrado al dejar su tierra, su gente y sus amigos, y del esfuerzo realizado en su nuevo y arisco espacio para legarnos una patria digna y, por sobre todo, de su ejemplo de Amor y de Esperanza!
Un padrenuestro en francés que, cuando niña, me enseñara un viejo tío, más la partida de defunción de mi bisabuelo, que consignaba mi apellido como BOUVIER y no BOVIER como se escribió en el Acta de Nacimiento de mi abuelo, señalaron a Francia como posible cuna de mis ancestros.
Mi afán en encontrarlos dio vida a esta enternecedora historia.
Todo comienza una tarde de Junio del año 1987 cuando partimos con Hermo, mi esposo, a reencontrarnos con nuestros parientes europeos. Él, de apellido italiano, buscaría en el Piamonte a los Pesuto- Milanesse, pero esto es parte de otra historia, no menos apasionante que la mía.
Recordando haber escuchado hablar a mi abuelo Juan Francisco y a mis tíos más ancianos de la Alta Saboya, comenzaría la búsqueda en el norte de Francia. Los datos orales biográficos así como la documentación que portaba, eran tristemente escasos: el nombre de mis bisabuelos: Federico o Frederic Bouvier y Antonia o María Antonia o Antoinette Micheloud; sus fechas de nacimiento y muerte consignadas en las lápidas de sus tumbas y la del arribo a América; el nombre del barco con que zarparon desde Génova y una amarillenta foto familiar, donde, sentados y ya viejos, posan mis bisabuelos rodeados de sus nueve hijos; a ello agregaba una pequeña estampita con cinta de luto, donde la foto de ambos aparecía circunscripta por un óvalo ribeteado en negro; debajo sus nombres y fechas de nacimiento y muerte y al pié, una oración pidiendo por el eterno descanso de sus almas. Y eso era todo.
Ayudados por listas de nombres tomados de las guías telefónicas o de Registros Civiles de distintos pueblos del norte de Francia, visitamos familias con apellidos iguales o parecidos a los míos, pero que nada tenían que ver con lo poco que yo conocía de mi historia.
Con la sola intención de darnos un respiro en la, hasta ese momento, infructuosa búsqueda, decidimos tomar distancia por unos días, visitando un país que yo siempre soñé con conocer: Suiza. Llegados a Interlaken tomamos un hotel ubicado en las afueras de la Ciudad. Al abrir las ventanas de nuestra habitación, quedé extasiada ante la belleza del paisaje con nieves eternas en los picos más altos de sus montañas. Tuve la sensación, casi física, de que había algo allí que tenía que ver conmigo. Sentí que Suiza aprisionaba un misterio relacionado con mi origen.
Esa misma noche, cenando con mi esposo en el comedor del hotel, y pretendiendo acordar cual sería el itinerario a seguir en días posteriores, entramos en una acalorada discusión. Él sostenía que debíamos suspender el rastreo de mis parientes hasta organizarnos mejor, con datos y documentación más completa o esclarecida, lo que significaba, por supuesto, un nuevo viaje a Europa, quizás en tres o cuatro años. Además- argumento irrebatible-, el tiempo de regreso a Argentina estaba cerca y aún no habíamos comenzado con la búsqueda de sus parientes italianos. Proponía que al día siguiente pasáramos definitivamente a Italia, sin volver a Francia a continuar con la averiguación de los míos, como yo insistía.
Trabados en ese intercambio de posiciones, fuimos sorprendidos por un hombre que, hablando en perfecto español, se acercó a nuestra mesa disculpándose por haber escuchado, sin proponérselo, nuestra discusión. Haciéndose eco de mi angustia al saber que mis tiempos se habían acabado, se comunicó de inmediato con un amigo, comisario de un pueblo vecino, quien a su vez conocía a un historiador suizo que “sabía mucho del tema de los que emigraron...”.
Al día siguiente nos esperaba en el andén de la estación – tren que unía a Interlaken con Fully (también Suiza) -, Alejandro Carron, quien nos llevó a su casa.
-No,... lo siento mucho pero yo no escribí sobre los emigrados franceses. Mis investigaciones refieren a lo emigrantes suizos...”.- dijo después de escuchar el relato de nuestra estéril búsqueda por Francia. Y allí pareció terminar todo.
Alejandro nos ofreció un café y al irse a la cocina a prepararlo, quedamos solos mi esposo y yo, sentados frente a frente en su pequeño living donde, sobre la mesita que nos separaba, había un ejemplar del libro “Nos cousins D´ Amérique”- Histoire de l¨emigration valaisanne au XIX e siecle. Yo lo tomé y abriéndolo al azar, lo hice exactamente en la página 267 que registra como emigrantes suizos valesanos a...” FREDERIC BOVIER de 18 años y ANTOINETTE MICHELOUD de 24 años, ambos llegados en el año 1859 a la Colonia San José, Provincia de Entre Ríos”...
Con el libro abierto, desbordada, corrí a la cocina instando a Alejandro a que mire lo que él mismo había escrito: - ¡éstos son mis bisabuelos...no importa si Franceses o Suizos, pero acá están!... El entusiasmo de Alejandro casi me superaba: en la realidad veía concretarse su quimera de acercar a los descendientes de los que partieron “a hacer la América” con los descendientes de los que quedaron en Suiza.
La confusión tenía una explicación simple: el apellido fue mal consignado por los escribientes aduaneros que registraron el ingreso de mi bisabuelo a la Argentina como “Bouvier” y no “Bovier” como hubiera correspondido. En esa misma época entraron inmigrantes – franceses o suizos- de apellido Bouvier, parientes de los Bovier por provenir ambos de un mismo tronco francés. Por allá en el 1300, cuando desde Francia ingresa el apellido a Suiza, la rama de Frederic pierde la “u” y pasa a ser BOVIER, mientras que otras ramas conservan el apellido sin modificaciones.
Y luego todo se transformó. Alejandro, olvidando el café que estaba haciendo y con exaltada fogosidad, habló largamente por teléfono con alguien que yo debía conocer de inmediato. Sin demasiadas explicaciones nos condujo en su auto, montañas arriba, hasta que después de algo así como dos horas de viaje- no puedo precisarlo-, llegamos a VEX, un pequeño pueblo montañés enclavado en un valle de sueños con casas de madera y de una abrumadora belleza. Sentí que ésa era la tierra que alimentó mis raíces pues la congoja de mi alma y una felicidad que me venía mucho más allá de mis tiempos, desandando generaciones y generaciones, me abrazaba serenamente.
Y allí, esperando, como suspendido en la historia, al final de una calle empinada, estaba GILBERT MICHELOUD, de edad aproximada a la de mi padre, de traje azul noche, vestido como para una fiesta. Tendió su mano y pasamos al interior de su casa. Con seriedad (o emoción contenida), me pidió la documentación que llevaba y se alejó hasta su archivo privado. Como jefe del Registro Civil de SION conocía de maravillas el arte de develar parentescos o acreditar la identidad de personas; además, él había colaborado con Alejandro Carrón en la fundamentación documental de sus libros. Su sueño de que alguna vez apareciera un descendiente de aquellos hermanos o hermanas de su abuelo, (una de éstas, mi bisabuela Antoinette) que, con la promesa de volver a buscarlo partieron para América, lo había perseguido a lo largo de su vida, por tanto hoy no podía tomar el tema a la ligera. Necesitaba total certeza antes de abrir su corazón. Y así pasó más de media hora: él verificando en silencio; yo, aguardando en silencio. Hasta que, sin decir palabra, vino hacia mí y me abrazó rompiendo en llanto y diciéndome: “...Por fin llegaste... ¡Hace ciento treinta años que te estábamos esperando...!.
Y la casa se llenó de parientes, Micheloud y Bovier que querían conocerme; y visitamos el cementerio donde descansan los diez hermanos de mi bisabuela Micheloud, que, casi niños, y por no haber más lugar en el carretón que recogió a su familia – padres, los dos menores( uno de meses y otro de dos años); otro de catorce, con problemas de salud, más Antoinette-, la madrugada de la partida hacia América, fueron, sin opción posible, confiados al cuidado de los tíos que quedaban en el pueblo. En el último instante sus angustiados padres tuvieron que elegir a quienes llevarían, y se fueron con los más pequeños y el más débil, al cuidado de Antoinette. Y aquéllos “casi niños” quedaron mirándolos partir, si bien murieron viejos, nunca dejaron de otear el horizonte detrás del cual adivinaban “la América” desde donde llegarían los suyos a cumplir con la promesa de buscarlos; y conocimos sus casas; las fachadas, desafiando el tiempo se conservan como lo eran entonces, y las callecitas, que de tan angostas, parecen querer acortar las distancias de su gente y que llevan nombres como los de mis tíos argentinos, y la iglesia y la pila donde fueron bautizados...
Al llegar la noche de ese mismo día, nos reunimos todos en el sótano de la casa y nos cantaron la Canción del adiós, la misma que, por tradición, en un ritual exactamente igual, se les cantaba la noche de su despedida a los que, al amanecer del día siguiente, partirían para América. Y todos, menos los niños, sabían que ese adiós era para nunca más...
Luego brindamos y, continuando con la tradición, lo hicimos en unos pequeños vasos con el escudo de la familia, los que, sucios del vino de la despedida, fueron recogidos y envueltos en papel de diario, y me los entregaron - siguiendo también aquella tradición-, pidiéndome los conserve sin lavar, como recuerdo vivo de ese momento...
Y así conocí a mi familia. Mi gran familia MICHELOUD Y BOVIER y, al frente de ella, mi amado y doblemente primo Gilbert Micheloud a quien le debo el haberme abierto el cofre que celosamente encerraba la historia de mis raíces.